Haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.
Escuchar Filipenses 2 en audioEl mundo nos enseña una sola dirección hacia la grandeza: hacia arriba. Subir, escalar, ascender, acumular, destacar. Por eso Filipenses 2 resulta tan subversivo: presenta a Dios mismo eligiendo, voluntariamente, el camino contrario. El camino hacia abajo.
Y lo presenta no como teología abstracta, sino como el modelo concreto de cómo debemos tratarnos unos a otros.
Pablo introduce el pasaje con un propósito práctico: "Haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús." La palabra griega es phroneō — una manera de pensar, una actitud, una mentalidad. Antes de este himno, Pablo había rogado a los filipenses que no hicieran nada por contienda ni vanagloria, sino estimando a los demás como superiores. Y luego ofrece el ejemplo supremo: la mente de Cristo.
El cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual á Dios: sino que se anonadó á sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante á los hombres... se humilló á sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
— Filipenses 2:6-8, Reina Valera 1909El verbo central es kenoō: vaciarse, despojarse, hacerse nada. De ahí viene la palabra teológica kénosis. Cristo, siendo en forma (morphē, la naturaleza esencial) de Dios, no se aferró a sus privilegios divinos como un botín que retener, sino que se vació. ¿De qué? No de su divinidad —siguió siendo Dios— sino de su gloria, de su derecho a ser servido, de la comodidad de su posición.
Mira la escalera descendente: de la forma de Dios → a forma de siervo → a semejanza de hombre → a la obediencia → hasta la muerte → y no cualquier muerte, sino "muerte de cruz", la más vergonzosa y dolorosa que existía. Siete peldaños hacia abajo. El Dios del universo descendiendo, escalón por escalón, por amor.
La humildad de Cristo no fue fingir que valía poco. Él sabía exactamente quién era —igual a Dios— y precisamente por eso pudo descender sin miedo a perder su identidad. La verdadera humildad no nace de pensar poco de ti, sino de estar tan seguro de quién eres en Dios que puedes servir sin sentir que te disminuyes.
Si el pasaje acabara en el versículo 8, sería una tragedia. Pero el versículo 9 empieza con dos palabras que lo cambian todo: "Por lo cual..." "Por lo cual Dios también le ensalzó á lo sumo, y dióle un nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla."
El camino hacia abajo no terminó en la tumba. Cristo murió, sí — pero Dios lo resucitó y lo exaltó hasta lo sumo. El que descendió siete peldaños fue levantado por encima de todo. Y ahí está la lógica del Reino: el camino hacia arriba pasa por abajo. El que se humilla será exaltado, no por sus propias fuerzas, sino por la mano de un Dios que honra la humildad. La cruz no fue el final de la historia; fue el camino a la corona.
Señor Jesús, Tú que eras igual a Dios elegiste vaciarte, descender y servir hasta la cruz por amor a mí. Dame tu mente, tu sentir: la humildad que no nace de pensar poco de mí, sino de estar seguro en Ti. Y gracias porque el camino hacia abajo no terminó en la tumba: resucitaste y fuiste exaltado. Enséñame que en tu Reino, lo que se humilla, Tú lo levantas. Amén.
Reina Valera 1909 · Voz clara · Gratis, sin registro
Abrir en Sonido de VidaEl verbo griego kenoō significa vaciarse o despojarse, de donde viene el término kénosis. Cristo no dejó de ser Dios, sino que renunció voluntariamente a su gloria, a sus privilegios y a su derecho a ser servido, tomando forma de siervo y haciéndose hombre.
La palabra griega phroneō describe una mentalidad o actitud. Pablo pide la actitud de humildad y servicio que Cristo mostró: no hacer nada por vanagloria, sino estimar a los demás como superiores y descender para servir, en lugar de aferrarse a los propios derechos.
Sí. El himno no termina en la muerte (v.8). El versículo 9 comienza con "Por lo cual Dios también le ensalzó a lo sumo": tras humillarse hasta la cruz, Cristo fue resucitado y exaltado por encima de todo nombre. El descenso terminó en victoria y exaltación.
Que la verdadera humildad no consiste en menospreciarse, sino en estar tan seguro de la propia identidad en Dios que se puede servir sin temor a perderla. Y enseña la lógica del Reino: el camino a la exaltación pasa por la humildad, porque Dios levanta al que se abaja.