Pero recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me sereís testigos en Jerusalem, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra.
Escuchar Hechos 1 en audioLa misión de la iglesia no depende de su fuerza, sino del poder del Espíritu: ser testigos de Cristo desde casa hasta lo último de la tierra.
Son las últimas palabras de Jesús resucitado antes de su ascensión. Durante cuarenta días se había mostrado vivo a los apóstoles; ahora les deja su encargo.
Para los judíos, Samaria era tierra de enemigos y «lo último de la tierra» sonaba a naciones paganas. Jesús amplía el horizonte de sus discípulos más allá de su pueblo y de sus prejuicios.
Los discípulos preguntan si ya llega el reino político para Israel. Jesús corrige la pregunta: no les toca saber los tiempos, sino recibir poder y dar testimonio. La misión empieza cuando dejamos de calcular fechas y empezamos a obedecer.
«Recibiréis la virtud del Espíritu Santo». La palabra es dýnamis, poder. No es entusiasmo humano ni habilidad para hablar; es la capacidad que da Dios mismo. Por eso un grupo de pescadores asustados llenó Jerusalén con el mensaje pocos días después.
«Me seréis testigos». Un testigo no inventa la historia ni la mejora: cuenta lo que vio. Ellos habían visto al Resucitado. La palabra griega es mártys, y con el tiempo muchos sellaron ese testimonio con su vida.
El mapa del versículo es el índice del libro de Hechos: Jerusalén (capítulos 1-7), Judea y Samaria (8-12) y lo último de la tierra (13-28). La misión avanza en círculos que se abren, y empieza siempre donde uno está.
Poder, capacidad para obrar. Es la fuerza de Dios que se da a los suyos, no una energía propia.
Testigo, el que declara lo que vio. De aquí viene la palabra mártir: muchos testigos dieron la vida por su testimonio.
Último, extremo. Señala los confines del mundo conocido: nadie queda fuera del alcance del evangelio.
Quien envía es el Cristo resucitado, que tiene toda potestad.
Estas palabras las dice Jesús después de haber muerto y resucitado; el testimonio de los apóstoles es, ante todo, «a este Jesús resucitó Dios» (Hechos 2:32).
El Espíritu prometido es el mismo que Cristo, exaltado a la diestra del Padre, derramó en Pentecostés (Hechos 2:33).
Isaías había anunciado al Siervo como «luz de las gentes» hasta lo postrero de la tierra (Isaías 49:6); la iglesia continúa esa misión de Cristo.
Tu Jerusalén es tu casa, tu trabajo y tu barrio. Piensa en una persona concreta allí a quien puedas contar lo que Cristo ha hecho en ti.
Si te sientes sin fuerzas para hablar de tu fe, pide el poder del Espíritu antes que más técnicas. Él es quien da valor y palabras.
Señor Jesús, Tú vives y me envías. Lléname de tu Espíritu para ser testigo fiel donde estoy, sin miedo y sin adornos. Empieza conmigo, en mi casa, y llévame hasta donde Tú quieras. Amén.
La Biblia se explica con la Biblia. Estos pasajes iluminan Hechos 1:8.
La misión de la iglesia no depende de su fuerza, sino del poder del Espíritu: ser testigos de Cristo desde casa hasta lo último de la tierra. Los discípulos preguntan si ya llega el reino político para Israel. Jesús corrige la pregunta: no les toca saber los tiempos, sino recibir poder y dar testimonio. La misión empieza cuando dejamos de calcular fechas y empezamos a obedecer.
En la Reina-Valera 1909, Hechos 1:8 dice: «Pero recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me sereís testigos en Jerusalem, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra.»
Autor: Lucas, el médico (c. 62 d.C.). Destinatarios: Teófilo y la iglesia naciente. Son las últimas palabras de Jesús resucitado antes de su ascensión. Durante cuarenta días se había mostrado vivo a los apóstoles; ahora les deja su encargo.
Quien envía es el Cristo resucitado, que tiene toda potestad. Estas palabras las dice Jesús después de haber muerto y resucitado; el testimonio de los apóstoles es, ante todo, «a este Jesús resucitó Dios» (Hechos 2:32).
Tu Jerusalén es tu casa, tu trabajo y tu barrio. Piensa en una persona concreta allí a quien puedas contar lo que Cristo ha hecho en ti. Si te sientes sin fuerzas para hablar de tu fe, pide el poder del Espíritu antes que más técnicas. Él es quien da valor y palabras.
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