Bienaventurados los que lloran; porque ellos recibirán consuelo.
Escuchar Mateo 5 en audioEn el reino de Jesús, los que lloran no son los desdichados, sino los que recibirán consuelo de Dios.
El Sermón del Monte, la enseñanza más larga de Jesús en los Evangelios. Las Bienaventuranzas abren el sermón y describen a los ciudadanos del Reino. Cada una invierte los valores del mundo.
En el mundo romano, llorar en público era señal de debilidad. Los estoicos enseñaban a controlar las emociones. Jesús declara "bienaventurados los que lloran": no solo los que lloran por su pecado sino los que lloran por pérdidas, duelos y cargas. El consuelo es promesa activa —"serán consolados", pasiva divina: es Dios quien consuela. La resurrección de Jesús es el fundamento: quien venció la muerte puede consolar cualquier dolor.
Esta bienaventuranza suena a contradicción: "bienaventurados los que lloran". El mundo llama dichoso al que ríe, al que lo tiene todo. Jesús invierte la escala: hay una bendición reservada para los que lloran. No exalta el dolor en sí, sino que promete algo a quienes lo atraviesan de la mano de Dios.
El llanto aquí incluye varias lágrimas: el duelo por la pérdida, pero sobre todo el quebranto por el propio pecado y por el estado del mundo. Es el llanto del que ya no finge estar bien, del que reconoce su necesidad. Ese llanto sincero abre el corazón a Dios.
La promesa es rotunda: "ellos recibirán consolación". No un consuelo cualquiera, sino el de Dios mismo. La misma sensibilidad que hace llorar es la que permite recibir el consuelo divino. El corazón endurecido ni llora ni es consolado.
Esta consolación empieza ahora, en la cercanía de Dios al quebrantado, y culmina en la promesa de un día donde Él enjugará toda lágrima. El llanto del creyente tiene fecha de caducidad.
Llorar con lamento, estar de duelo. Es el llanto más intenso del griego, el que se asocia con la muerte de un ser querido o pérdida irreversible. Jesús no habla de tristeza superficial sino de dolor profundo.
Ser consolado, ser llamado al lado. La raíz es Paráclito (el Espíritu Santo). El consuelo que promete Jesús es el del mismo Espíritu acercándose al que llora.
Dichoso, favorecido por Dios. No es felicidad circunstancial sino la bendición que viene de estar en la posición correcta ante Dios.
El consuelo de "los que lloran" tiene su fuente en el Cristo que lloró y venció la muerte.
Jesús fue "varón de dolores, experimentado en quebranto" (Isaías 53:3): conoce el llanto por dentro.
El consuelo que promete no es vacío: se ancla en su resurrección, que enjugará toda lágrima (Apocalipsis 21:4).
Los que lloran serán consolados porque el Consolador vino de parte del Resucitado (Juan 14:16).
No escondas tu llanto ante Dios como si fuera falta de fe. Es precisamente a los que lloran a quienes Jesús promete consuelo.
Permítete también el llanto sano por el pecado. El quebranto que reconoce la necesidad es la puerta por donde entra la consolación de Dios.
Señor, en mi llanto vengo a Ti. Gracias porque prometes consuelo a los que lloran. Recíbeme con mis lágrimas, consuélame con tu presencia y sostén mi esperanza de que un día las enjugarás todas. Amén.
La Biblia se explica con la Biblia. Estos pasajes iluminan Mateo 5:4.
En el reino de Jesús, los que lloran no son los desdichados, sino los que recibirán consuelo de Dios. Esta bienaventuranza suena a contradicción: "bienaventurados los que lloran". El mundo llama dichoso al que ríe, al que lo tiene todo. Jesús invierte la escala: hay una bendición reservada para los que lloran. No exalta el dolor en sí, sino que promete algo a quienes lo atraviesan de la mano de Dios.
En la Reina-Valera 1909, Mateo 5:4 dice: «Bienaventurados los que lloran; porque ellos recibirán consuelo.»
Autor: Mateo el apóstol (c. 80-90 d.C.). Destinatarios: Discípulos y multitudes. El Sermón del Monte, la enseñanza más larga de Jesús en los Evangelios. Las Bienaventuranzas abren el sermón y describen a los ciudadanos del Reino. Cada una invierte los valores del mundo.
El consuelo de "los que lloran" tiene su fuente en el Cristo que lloró y venció la muerte. Jesús fue "varón de dolores, experimentado en quebranto" (Isaías 53:3): conoce el llanto por dentro.
No escondas tu llanto ante Dios como si fuera falta de fe. Es precisamente a los que lloran a quienes Jesús promete consuelo. Permítete también el llanto sano por el pecado. El quebranto que reconoce la necesidad es la puerta por donde entra la consolación de Dios.
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