Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío, ó caliente! Mas porque eres tibio, te vomitaré de mi boca.
Escuchar Apocalipsis 3 en audioHay una frase de Jesús que hemos leído todos serios durante siglos, y que en realidad es una de las indirectas más ingeniosas de toda la Biblia: "Ojalá fueras frío o caliente. Pero porque eres tibio, te vomitaré de mi boca." No es una metáfora de sermón. Es literal. Y cuando entiendes a quién se la dijo, abres los ojos.
Para captarla, primero tienes que conocer la ciudad. Bienvenido a Laodicea.
Laodicea era la ciudad que tenía de todo y siempre encontraba la manera de recordártelo. Tan rica que, cuando un terremoto la dejó en ruinas y Roma le ofreció dinero para reconstruirla, respondieron: "No, gracias. Nosotros lo pagamos." Y se reconstruyeron solos, por puro orgullo.
Tenían bancos por todos lados: eran un centro financiero. Fabricaban una lana negra carísima, la ropa de lujo de la época. Y tenían una escuela de medicina famosa por un producto estrella: un colirio para los ojos que vendían por medio mundo. Dinero. Ropa fina. Medicina para los ojos. Guárdate esos tres datos, porque al final Jesús los va a usar para dejar a todos callados.
Pero Laodicea tenía un problema que el dinero no arreglaba: no tenían agua buena. Toda esa riqueza, y el agua se la traían de lejos por un acueducto, kilómetros de tubería de piedra bajo el sol.
Al ladito, en Hierápolis, había aguas termales: calientes, humeantes, medicinales. La gente viajaba para curarse ahí. Agua caliente: sanación. En la otra dirección, en Colosas, bajaba agua fría, pura, cristalina, de la montaña. De esa que revive en un día de calor. Agua fría: vida. ¿Y el agua de la presumida Laodicea? Hacía todo el viaje bajo el sol y llegaba tibia —y no solo tibia, sino turbia, con sabor a metal, a moneda oxidada. Le dabas un trago y lo escupías. Daban ganas de vomitar.
Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío, ó caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.
— Apocalipsis 3:15-16, Reina Valera 1909¿Ya lo viste venir? Cada persona en Laodicea, al oír esa carta, hizo la mueca del trago malo. Jesús no les está diciendo "prefiero verte muerto antes que a medias", como tantas veces nos han hecho creer. Les está diciendo algo más hondo: el agua caliente sirve, sana al enfermo. El agua fría sirve, le da vida al sediento. Las dos le hacen bien a alguien. ¿Pero el agua tibia? No le sirve a nadie. Se habían vuelto como su propia agua: ricos, presumidos... e inútiles.
La pregunta que esta historia te lanza no es trágica, es directa: ¿le sirves a alguien? ¿Hay alguien que esté mejor porque tú existes? ¿Alguien a quien sanas, refrescas, animas? ¿O andas por la vida a media temperatura, cómodo, sin molestar pero sin servir, como ese vaso de agua tibia que nadie se quiere tomar?
Jesús no se queda en el reclamo; remata con clase. ¿Te acuerdas de los tres datos? A la ciudad de los bancos le dice: te crees riquísimo y eres pobre; cómprame oro de verdad. A la ciudad de la lana de lujo: presumes ropa fina y estás desnudo; yo te visto de blanco. Y a la ciudad del colirio famoso, casi con una sonrisa: estás ciego; ponte mi colirio, a ver si ves.
Toma exactamente aquello de lo que presumes —tu dinero, tu apariencia, tu inteligencia— y con un guiño te muestra que sin Él todo eso te deja pobre, desnudo y ciego. No para humillarte. Para despertarte.
El mismo Jesús que amenazó con escupir a la iglesia tibia dice ahora: "He aquí, yo estoy á la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré á él, y cenaré con él, y él conmigo." Con todo y lo tibios que estaban, el dueño de todo no derriba la puerta. Toca. Y espera afuera, como quien llega a cenar.
He aquí, yo estoy á la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré á él, y cenaré con él, y él conmigo.
— Apocalipsis 3:20, Reina Valera 1909Así que la próxima vez que pruebes un café que se quedó tibio y hagas la mueca, acuérdate de Laodicea. Y hazte la pregunta, divertida pero seria: ¿de qué temperatura ando yo últimamente? Sé agua caliente que sana. Sé agua fría que da vida. Sé de esas personas que, cuando llegan, alguien dice: "qué bueno que viniste". Y si oyes ese toque en la puerta... ábrele. Que trae la cena.
Señor, no quiero ser agua tibia. No quiero una fe cómoda que no le sirve a nadie. Enciéndeme o enfríame, pero sácame de la tibieza. Quítame el orgullo que me hace creer rico cuando estoy pobre, vestido cuando estoy desnudo, viendo cuando estoy ciego. Oigo tu toque en la puerta: entra, Señor, y cena conmigo. Amén.
Reina Valera 1909 · Voz clara · Gratis, sin registro
Abrir en Sonido de VidaJesús usa el agua de Laodicea, famosa por llegar tibia y de mal sabor tras un largo acueducto. El agua caliente de Hierápolis sanaba; el agua fría de Colosas refrescaba; las dos servían a alguien. El agua tibia de Laodicea no servía para nada. Ser tibio no es estar "a medias" entre la fe y la incredulidad, sino ser inútil: una vida cómoda que ya no sana ni refresca a nadie.
No está diciendo que prefiera vernos lejos o muertos espiritualmente. Está usando la imagen del agua: tanto el agua fría como la caliente tienen un uso, le hacen bien a alguien. Lo que no sirve es el agua tibia. Jesús preferiría una fe que produzca algo útil —que sane o refresque— antes que una religiosidad cómoda que no le hace ni frío ni calor a nadie.
Son las tres cosas de las que Laodicea presumía: era un centro financiero (oro), fabricaba una lana negra de lujo (vestiduras) y tenía una escuela de medicina famosa por un colirio para los ojos. Jesús toma cada orgullo de la ciudad y lo invierte: les dice que son pobres, están desnudos y ciegos, y que solo en Él hallan el oro verdadero, el vestido blanco y la vista.
Después de la advertencia, Jesús no derriba la puerta: toca y espera, como quien llega a cenar. A pesar de la tibieza de la iglesia, el dueño de todo se ofrece a entrar y cenar con quien le abra. Es una de las imágenes más tiernas de la Biblia: la salvación se ofrece, no se impone, y la iniciativa es de Él.