Mas el que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed: mas el agua que yo le daré, será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
Escuchar Juan 4 en audioHay una escena en el evangelio de Juan que parece de lo más sencilla: una mujer va a sacar agua de un pozo y se encuentra con Jesús. Nada del otro mundo, ¿verdad? Pues prepárate, porque dentro de esa escena tan simple hay tantos secretos escondidos, tantas reglas rotas y tanta ternura, que cuando la entiendes bien no la vuelves a leer igual.
Es, de hecho, la conversación más larga que Jesús tiene con una sola persona en todos los evangelios. Y no la tiene con un rey, ni con un sacerdote, ni con un gran sabio. La tiene con una mujer extranjera, de mala reputación, sola, en pleno mediodía.
La escena arranca con un dato fácil de pasar por alto: "Era como la hora sexta." El mediodía. Las doce del día, con el sol cayendo a plomo. Y nadie, pero nadie, iba al pozo a esa hora. Las mujeres iban temprano con el fresco, o al atardecer, y nunca solas: el pozo era el punto de reunión, el momento social del día.
Entonces, ¿por qué esta mujer va sola, al mediodía, con el solazo? Va a esa hora imposible precisamente para no encontrarse con nadie. Para esquivar las miradas, los cuchicheos, el desprecio de las otras mujeres. Había aprendido que era más fácil aguantar el sol abrasador que el juicio de su propia gente. Pero ese día, el pozo no estaba vacío. Había un hombre sentado a la orilla.
Jesús le dice: "Dame de beber." Y con esa frase rompe tres barreras de golpe. Primera: un hombre hablándole en público a una mujer desconocida, algo que un maestro judío respetable jamás hacía. Segunda: un judío hablándole a una samaritana —y judíos y samaritanos se odiaban a muerte. Tercera: un rabino íntegro dirigiéndole la palabra a una mujer de fama dudosa. Ella misma se queda pasmada: "¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?"
Y detente aquí, porque esto es hermoso. Jesús no la aborda desde arriba, como el santo que viene a corregir a la pecadora. La aborda de tú a tú, desde la necesidad: tengo sed, ¿me ayudas? La pone en posición de poder dar. Y a veces la forma más amorosa de acercarse a alguien herido no es ofrecerle algo, sino pedirle algo —devolverle la dignidad de sentirse útil.
Si conocieses el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú pedirías de él, y él te daría agua viva.
— Juan 4:10, Reina Valera 1909La conversación crece. Jesús habla de un agua viva que quita la sed para siempre, y ella, bien práctica, piensa en ahorrarse el viajecito diario. Entonces Jesús, con una mezcla de verdad y ternura que solo Él sabe tener, va directo a la herida: "Ve, llama a tu marido, y ven." Ella responde a la defensiva: "No tengo marido." Y Jesús, sin asomo de burla: "Bien has dicho: cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido."
Ahí está el secreto que la mandaba al pozo al mediodía. Cinco matrimonios rotos. Una vida marcada por el fracaso, el abandono, el rechazo. Por eso iba sola. Por eso a la peor hora. Pero mira lo que Jesús hace con esa verdad, porque esto es lo más importante: no la usa para humillarla. No le suelta un sermón. Simplemente le muestra que la conoce entera —hasta el rincón más escondido que ella creía que nadie sabía— y, aun conociéndola completa, ahí sigue sentado, sin apartarse, ofreciéndole agua viva.
Lo que más teme alguien que carga una vergüenza no es que lo conozcan un poquito. Es que lo conozcan del todo, porque está convencido de que si supieran toda la verdad, lo rechazarían. Jesús hace lo contrario: le demuestra que sabe cada detalle, lo bueno y lo feo... y se queda. Conocida por completo, y amada de todos modos. No hay nada más sanador en el mundo que eso.
Y entonces viene lo más asombroso, que casi nadie nota. Hablan del Mesías, y Jesús le dice algo que casi a nadie había dicho tan claro: "Yo soy, que hablo contigo." Una de las primeras veces en todo el evangelio que se revela abiertamente como el Mesías, ¿a quién se lo confía? No a los líderes religiosos. No a una multitud. A una mujer samaritana, sola, de pasado roto, a la hora en que se escondía del mundo.
Y mira cómo termina, porque es glorioso. Dice el texto que la mujer dejó su cántaro. Lo dejó tirado —ese cántaro por el que vino, la razón de aguantar el sol. Lo soltó y corrió hacia el pueblo, hacia la misma gente de la que se escondía, y gritó: "¡Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho! ¿Si quizá es éste el Cristo?" Lo que antes la avergonzaba, ahora era su mensaje. La que evitaba que la vieran, ahora quería que todos vieran. Y dice Juan que muchos de aquel pueblo creyeron por su palabra. La primera predicadora de Samaria fue ella. La marcada. La del mediodía.
¿Y tú? A lo mejor también cargas un cántaro pesado, y tienes tus "horas del mediodía": esos lugares donde te escondes para que nadie vea lo que de verdad has vivido. Y andas convencido de que si alguien supiera todo, te dejaría. Escúchame: hay Alguien que ya lo sabe todo, cada herida, cada fracaso. Y está sentado a la orilla de tu pozo, sin moverse, esperándote. No vino a avergonzarte. Vino a encontrarte. Así que suelta el cántaro. Ya no lo necesitas.
Señor, tú conoces mis horas del mediodía, los rincones que escondo de todos. Y aun sabiéndolo todo, te quedas. Gracias porque no viniste a avergonzarme sino a encontrarme. Dame de esa agua viva que sacia lo que ninguna otra cosa ha podido saciar. Hoy suelto el cántaro y corro hacia ti. Amén.
Reina Valera 1909 · Voz clara · Gratis, sin registro
Abrir en Sonido de VidaEl mediodía (la "hora sexta") era el momento de más calor, cuando nadie sacaba agua. Las mujeres iban temprano o al atardecer, y en grupo. Ella iba sola y a la peor hora precisamente para no encontrarse con nadie: cargaba un pasado de cinco matrimonios rotos que la convertía en blanco del juicio del pueblo, y prefería el sol abrasador antes que el desprecio de su gente.
Con tres palabras —"dame de beber"— rompió tres barreras: un hombre hablando en público a una mujer desconocida, un judío hablando a una samaritana (pueblos que se odiaban), y un rabino íntegro dirigiéndose a una mujer de mala fama. La propia mujer se asombra de que le dirija la palabra.
Jesús contrasta el agua del pozo, que sacia un rato, con un agua viva que quita la sed para siempre y se vuelve "fuente que salta para vida eterna". Es una imagen del Espíritu y de la vida que Él da: una satisfacción interior que las relaciones rotas y los logros nunca lograron darle a la mujer.
El cántaro era la razón de su viaje incómodo al mediodía. Dejarlo tirado simboliza que ya había encontrado algo mayor: corrió al pueblo del que se escondía y usó su propia herida como testimonio ("me dijo todo lo que he hecho"). La marcada se volvió la primera predicadora de Samaria. Conocida del todo y amada igual, quedó libre.